MONASTERIO BENEDICTINO DE SANTA BRIGIDA


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Fundador del Monasterio

HISTORIA

Fundador Padre Santiago

Biografia del Padre Santiago

Nací el 7 de febrero de 1922, en Puerto del Rosario, Fuerteventura. Mis padres y demás familiares allegados eran muy buenos cristianos y además de preocuparse de nuestra formación humana también tenían gran inquietud por nuestra formación religiosa y por darnos en todo esto un buen testimonio.

Mi padre era militar, natural de Figueras, Gerona, al salir de la academia de infantería vino destinado a Fuerteventura donde conoció a mi madre y se casaron.

En esta isla pasó casi toda su vida militar exceptuando algunas temporadas que estuvo destinado en Las Palmas y en África. Cuando los dos hijos mayores, yo soy el segundo, nos acercábamos a la edad de comenzar los estudios del bachillerato pidió traslado a Las Palmas.

En los comienzos del mes de Octubre del año 1937, nos fuimos toda la familia a vivir a Granada pues mi padre estaba destinado en el frente de una zona de esta provincia, Lanjarón.

En el verano de 1938 fui invitado a unas charlas sobre Acción Católica que habían organizado D. Miguel Peinado y D. Antonio Espigares, Conciliarios de los Centros del Sagrario y de los Santos Justo y Pastor. Al terminar estas jornadas nos apuntamos mi amigo yo al Centro de los Santos Justo y Pastor.





Fuimos dos jóvenes cristianos que nos venía muy bien estar como miembros de esta organización de la Iglesia. Poco a poco fuimos integrándonos en ella y procurábamos ser fieles a lo que nos pedían. Casi insensiblemente Dios iba preparándome para lo que me iba a pedir más tarde.

Por esta época tenía la costumbre de leer por la noche, antes de dormir algún libro de los muchos que se escribieron sobre la guerra civil. Entre estos leí uno que hablaba de la conquista de Málaga. A este libro le tomé mucho cariño… (un) capítulo que me afectó mucho fue el autor narraba una visita que había hecho a las Ermitas de Córdoba. En él describía de una manera poética, sencilla y maravillosa la vida que observaban aquellos eremitas.

Tanto me agradó este capítulo que durante un mes casi todas las noches lo leía y me hacía mucho bien. Gozaba con su lectura y me daba mucha paz interior... verdaderamente me fascinaba...

Iban pasando los meses y yo pensaba mucho en lo que había leído acerca de aquellos hombres tan entregados a Dios en una vida tan austera. De vez en cuando me preguntaba si yo no podría llegar a ser uno de ellos, pero en seguida desechaba esa idea como algo que me resultaba desagradable, no quería. Eran los primeros brotes de mi vocación, pero todavía un poco difusos; no los quería y trataba de quitarlos. Hoy me doy cuenta de que así empezaba Dios a llamar a mi alma... “he aquí que estoy a la puerta y llamo...” Ya estaba haciéndose notar la presencia de Dios en esta vocación... pero aún no era muy fuerte, eran los comienzos... hacía falta mi respuesta...

Al fin tuve que rendirme, aunque no del todo en algunos momentos... Quizás fue una determinación que tomé porque ya no tenía ni paz, ni sosiego en el alma... ¡Eran tan continuas e intensas las llamadas de Dios...! ya no podía aguantar más... “Y ahora, Señor, ¿Qué puedo yo esperar? En Ti está mi esperanza. De todas mis rebeldías líbrame, no me hagas la irrisión del insensato. Me callo ya, no abro la boca pues eres Tu el que actúas” (Sal. XXXIX, 8-10).

Ya estaba convencido de que Dios me llamaba, pero ahora surgía un nuevo problema, ¿a qué género de vida me llamaba?

Cada día veía con más admiración la vida de aquellos eremitas tal como se narraba en el libro que dije había leído. Pero yo pensaba, y esta idea me vino en muchas ocasiones anteriormente, en la posibilidad de que esa vida pudiera organizarse de manera que se viviera manteniendo el mismo espíritu de apartamiento del mundo y de la oración, pero en comunidad. Yo hasta entonces desconocía la vida cenobítica, no sabía que existiera. Conocía y sabía que existían comunidades de religiosos, yo mismo, como antes he dicho, estudié en una casa junto a la cual vivía un grupo de Jesuitas en comunidad, cuando los echaron del Colegio de S. Ignacio al estallar la república. Pero desconocía la vida cenobítica.

(El Padre Santiago, con la ayuda de su director espiritual, descubrió que lo que Dios le pedía era ser monje benedictino. Una vez que se esclareció su vocación escribió el joven Santiago a un monje que había conocido en una festividad. El mismo Padre Santiago nos lo cuenta:)

El 2 de Enero, celebra Granada la festividad de su incorporación a la Corona de Castilla. Ese día en el año 1939, fue invitado a predicar Fray Justo Pérez de Urbel, monje entonces de Santo Domingo de Silos. Cuando nos enteramos mi amigo y yo decidimos ir a verle y exponerle nuestros deseos. Habíamos determinado acercarnos a él después de la predicación, pero al verlo entre tantas autoridades no nos pareció prudente acercarnos para decirle nuestro deseo de hablar con él. Entonces decidimos escribirle una carta como así lo hicimos el día 21 de Febrero de 1939. yo me había olvidado de esta carta y en una visita que hice al Valle de los Caídos por el año 1981, el Prior Administrador me habló de ella, puesto que tenía en el Monasterio toda la documentación de Fray Justo, que tenía por costumbre guardar todas las cartas que durante su vida había recibido y al morir, todo esto pasó al Monasterio, y entre las cartas que cuando el P. Prior me lo dijo yo le contesté que posiblemente estaba confundido, pero él insistió y me la enseñó. Se la pedí y solo me dijo que me daría una fotocopia, como así lo hizo. Esa carta dice así:

“Rvdo. P. Fray Justo Pérez de Urbel

Reverendo Padre: Le escriben dos muchachos de 17 años, que cuando hayan cumplido sus deberes para con su Patria y familia ingresarán en un Monasterio Benedictino. Nuestra vocación es firmísimo y antigua y tanto en la Acción Católica como en la Adoración Nocturna de esta capital, a las que pertenecemos, como nuestro director espiritual, son conocedores de nuestros propósitos, alentándonos en ellos. Por medio de esta le hacemos sabedor de nuestros antedichos propósitos, al propio tiempo que aprovechamos gustosos la ocasión para saludarle. Quisiéramos tener correspondencia con Vd. Para que nos guiase el poco tiempo que puede mediar desde ahora hasta el día en que podamos ingresar en la Orden Benedictina. Así podríamos tomas sus autorizados consejos en cuantas cuestiones le planteásemos.

Quisiéramos que nos escribiese a los dos en la misma carta, puesto que así al mismo tiempo nos beneficiaba mutuamente; pero aunque para la correspondencia el mejor sistema es este y sea el que adoptemos, deseamos tener cada uno como recuerdo un autógrafo suyo, por lo que le rogamos, si no le sirve de molestia, nos enviara a cada uno, uno.

Perdónenos el atrevimiento de dirigirnos a Vd. Lo que hacemos pensando tan solo en que Dios quiere que seamos benedictinos, y sin más disponga de sus más fieles servidores que besan su mano. (compañero) y Santiago Díaz Peñate. P.D. Le quedaríamos muy agradecidos si nos enviara un folleto donde se contenga reglamento, apología de la Orden. O algo que sirva de aliento y esperanza.”

(Conoció también el joven Santiago a un Padre Benedictino de Montserrat, D. Bernardo Simeón, que lo ayudó mucho en el esclarecimiento de la voluntad de Dios)

Pocos días después conocimos a otro benedictino que se hospedaba en el convento de los PP. Capuchinos. Este monje era del Monasterio de Samos, Lugo, y se llamaba Don José Díez. Tanto este Padre como Don Bernardo, estaban en Granada prestando servicios como capellanes del Ejército. Aunque con los dos entablamos mucha amistad, con Don Bernardo fue mucho más intensa, tal vez porque fue el primero que conocimos y sobre todo porque desde el principio se tomó mucho interés por nuestra vocación creándose con esto una amistad muy profunda.

Así fue pasando el tiempo hasta que terminó la guerra.

Vuelven ahora a presentarse de nuevo las pruebas y ahora más duras, vistas las cosas con mirada puramente humana, pero sin embargo de esta manera Dios lo iba preparando todo para que se cumpliera su voluntad, de la forma y en el tiempo en que El lo tenía dispuesto.

Que Dios me llamaba a la vida monástica estaba completamente seguro, pero mientras yo tenía prisa para que todo llegara cuanto antes, Dios iba procediendo de distinta manera. Ahora, que ya ha pasado todo ese tiempo de prueba y preparación, veo que El me iba a exigir mucho más... El iba presentando y disponiendo las cosas hasta que llegara el momento determinado. Era un fruto que comenzaba a brotar en el árbol de la Iglesia y había que esperar la llegada del momento de su madurez... Y esto solo lo tenía que determinar Dios.

Comuniqué entonces a mi madre mi vocación. Ella no se me opuso jamás, al contrario, me decía que si esa era la voluntad de Dios que la cumpliera. Que la voluntad de mi padre era que todos sus hijos tuvieran una carrera, aquella a la que se sintieran inclinados, y ella no quería sino que su voluntad se cumpliera. Lo único que me decía que lo pensara bien si era ese el camino que Dios me pedía. Pasados los años siendo yo Sacerdote, un día me dijo mi madre que mi padre la decía que sería muy feliz si un día pudiera ofrecerle a Dios un hijo Sacerdote y una hija monja, pero que no lo decía nunca para no influir, pero sí se lo de día a Dios.

El joven Santiago retrasa su entrada al monasterio por la muerte de su padre y para no dejar sola a su madre e ingresa en el seminario de Canarias. Fue ordenado sacerdote el día 14 de Septiembre de 1947. Se propuso servir a la Diócesis durante 10 años antes de marchar al monasterio.

Creía entonces que era el momento de tomar la decisión de ingresar en un Monasterio y contando con la aprobación de mi Director Espiritual, el P. Serapio Leturia, S. J. escribí al Monasterio de Novicios de Santo Domingo de Silos. El me aconsejaba este Monasterio por la cuestión del idioma.

Una vez resuelto todo esto me dio la admisión. Yo, contentísimo por haber sido admitido me figuraba que lo demás había de ser fácil alcanzarlo. Suponía que por parte de mi familia no habría dificultad y tampoco esperaba encontrar oposición por parte del Obispo que entonces regía los destinos de la Diócesis, el Dr. Don Antonio Pildain y Zapiain.

Había dificultades para fundar.

A medida que avanzaba el tiempo, mi ilusión y deseo de tantos años, hacerme monje benedictino, empezaba ya a vislumbrarse, pero, como Dios, aunque no lo merezcamos es sumamente generoso, me estaba preparando algo para mi insospechado e inesperado. No era el ingresar yo en un monasterio de la península sino que su voluntad era y así lo iba orientando todo, que se fundara aquí un Monasterios. La confianza que tenía, de que si era esa la voluntad de Dios, y la esperanza de que si así el lo determinaba, llegaría a ser realidad, empezaba a cumplirse. “¡Los que confían en el Señor, son como el monte Sión, que es inconmovible, estable para siempre!”

(El nuevo obispo se enteró de los proyectos del P. Santiago y lo mandó llamar).

Yo, en un principio fui un poco preocupado porque no sabía como había recibido el Sr. Obispo esta información, al mismo tiempo recordaba las negativas del Sr. Obispo anterior y temía que se fueran a venir a bajo todos mis proyectos, pero enseguida fui a verle. De la visita salí muy animado pues el Sr. Obispo cogió con mucha ilusión y cariño todo lo que le comuniqué y al final me dijo que cogiera las llaves de la casa y fuera a ver si me interesaba para mis proyectos.

Por fin el nueve de Junio, domingo, fiesta de la Santísima Trinidad, como no teníamos nada de importancia que hacer, el grupo que entonces nos reuníamos semanalmente para estudiar todo lo referente a la vida monástica, decidimos ir a ver la casa.

“Hoy hemos visitado en Monasterio. Todos quedamos entusiasmados con el edificio. Nos gustó mucho. Sacamos fotografías y diapositivas para enviar al Valle de los Caídos. Le hemos puesto el nombre que, en justicia pensábamos, le correspondía: “MONASTERIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD”, ya que hoy se celebra esa fiesta. En el claustro rezamos Vísperas´´.

Surgieron muchos problemas que impidieron la fundación del P. Santiago en el tiempo que él había establecido empezar pero, aun así, la fundación salió adelante pues es obra de Dios como lo reconoce en una de sus cartas el monje P. Joaquín Montull: Pienso que hay un designio providencial de Dios en esos anhelos que Vds. poseen y que desarrollan fuera de los marcos que configuran los actuales Monasterios. También el que no veo razones para pensar que en Vds. no puede haber un especial designio de Dios que quiere suscitar en nuestros días un nuevo género de vida monástica que bebiendo directamente en S. Benito prescinde de todas aquellas cosas que han sido añadidas a la histórica configuración concreta de la obra de S. Benito.”

La narración de la autobiografía del P. Santiago acaba diciendo: Aquí termina la narración de cuanto sucedió antes del once de Julio de mil novecientos setenta y seis, día venturoso para esta fundación en la que comenzamos con la confianza de que aunque surgieran muchas dificultades Dios nos ayudaría a vencerlas.

En 1976 se comienza la vida comunitaria en el Monasterio de la Santísima Trinidad que a pesar de muchas dificultades ha continuado su andadura hasta el día de hoy.

El P. Santiago muere el 22 del mes de Noviembre del 2008.



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