MONASTERIO BENEDICTINO DE SANTA BRIGIDA


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La vida de San Benito

HISTORIA

San Benito


VIDA DE SAN BENITO

"Ved hermanos, cómo en su piedad
nos muestra el Señor, el camino de la Vida"

(Del prólogo de la Regla)

Hubo un hombre de vida venerable, por gracia y por nombre Benito, que desde su infancia tuvo cordura de anciano. Nace en Nursia, hijo de una familia acomodada aproximadamente en el año 480. Fue enviado a Roma a cursar los estudios de las ciencias liberales. Despreció el estudio de las letras y abandonó la casa y los bienes de su padre. Y deseando agradar únicamente a Dios, buscó el hábito de la vida monástica. Retirose, pues, sabiamente ignorante y prudentemente indocto.

La esperanza de un ser tan pequeño, puesta en un Dios muy inmenso
Una esperanza franca, Joven, ilusionada, abierta, creadora, inédita
Opuesta a la experiencia envejecida,
una esperanza que no se deja vencer por nada,
si se la corta toma más ímpetu, nunca desesperada.


Benito, deseando más sufrir los desprecios del mundo que recibir sus alabanzas, y fatigarse con trabajos por Dios más que verse ensalzado con los favores de esta vida,
Mientras iba huyendo hacia este lugar, un monje llamado Román le encontró en el camino y le preguntó adónde iba. Y cuando tuvo conocimiento de su propósito guardóle el secreto y le animó a llevarlo a cabo, dándole el hábito de la vida monástica y ayudándole en lo que pudo.

Los pies firmes pues en el suelo. El corazón elevado, pues al cielo.
Y para unir ambos extremos: el gozo de una vida repleta de actos buenos.


El hombre de Dios, al llegar a aquel lugar, se refugió en una cueva estrechísima, donde permaneció por espacio de tres años ignorado de todos, fuera del monje Román, que vivía no lejos de allí, en un monasterio puesto bajo la regla del abad Adeodato a, y en determinados días, hurtando piadosamente algunas horas a la vigilancia de su abad, llevaba a Benito el pan que había podido sustraer, a hurtadillas, de su propia comida.

Desde el monasterio de Román no había camino para ir hasta la cueva, porque ésta caía debajo de una gran peña. Pero Román, desde la misma roca hacía descender el pan, sujeto a una cuerda muy larga, a la que ató una campanilla, para que el hombre de Dios, al oír su tintineo, supiera que le enviaba el pan y saliese a recogerlo.

PADRE, este pan tiene como cálida levadura,
que sin saber como, va fermentando poco a poco en mi interior.
Sí hijo mío, está amasado en el amor de generaciones de hombres
que se han amado y se han ido transmitiendo en Santa tradición.


Bastante lejos de allí vivía un sacerdote que había preparado su comida para la fiesta de Pascua. El Señor se le apareció y le dijo: "Tú te preparas cosas deliciosas y mi siervo en tal lugar está pasando hambre". Inmediatamente el sacerdote se levantó y en el mismo día de la solemnidad de la Pascua, con los alimentos que había preparado para sí, se dirigió al lugar indicado. Buscó al hombre de Dios a través de abruptos montes y profundos valles y por las hondonadas de aquella tierra, hasta que lo encontró escondido en su cueva. Oraron, alabaron a Dios todopoderoso y se sentaron. Después de haber tenido agradables coloquios espirituales, el sacerdote le dijo: "¡Vamos a comer! que hoy es Pascua". A lo que respondió el hombre de Dios: "Sí, para mí hoy es Pascua, porque he merecido verte". Es que estando como estaba alejado de los hombres, ignoraba efectivamente que aquel día fuese la solemnidad de la Pascua. Pero el buen sacerdote insistió diciendo: "Créeme: hoy es el día de Pascua de Resurrección del Señor. No debes ayunar, puesto que he sido enviado para que juntos tomemos los dones del Señor". Bendijeron a Dios y comieron, y acabada la comida y conversación el sacerdote regresó a su iglesia.

Nadie más, solo consigo mismo
Solo ante la humanidad, ante su Dios

Sin medias tintas, O la vida o la muerte. O alienarse o profundizar
O te aceptas o pierdes la cabeza y entonces descubres que eres un BENDITO.



Su nombre se dio a conocer por los lugares comarcanos y desde entonces fue visitado por muchos, que al llevarle el alimento para su cuerpo recibían a cambio, de su boca, el alimento espiritual para sus almas.
Muchos empezaron a dejar el mundo para ponerse bajo su dirección, puesto que, libre del engaño de la tentación, fue tenido ya con razón por maestro de virtudes.
El hombre de Dios, cual tierra libre de espinas y abrojos, empezó a dar copiosos frutos en la mies de las virtudes, y la fama de su eminente santidad hizo célebre su nombre.
Por entonces comenzaron a visitarle algunas personas nobles y piadosas de la ciudad de Roma, que le confiaron a sus hijos para que los educara en el temor de Dios Todopoderoso. Por este tiempo Eutricio y el patricio Tértulo le encomendaron a sus hijos Mauro y Plácido.
En uno de aquellos monasterios fundados por él, había un monje que no podía permanecer en oración, sino que no bien los monjes se disponían a orar, él salía fuera del oratorio y se entretenía en cosas terrenas y fútiles. Después de haber sido amonestado repetidamente por su abad, finalmente fue enviado al hombre de Dios, quien a su vez le reprendió ásperamente por su necedad. Vuelto al monasterio, apenas hizo caso un par de días de la corrección del hombre de Dios, pero al tercer día volvió a su antigua conducta y comenzó de nuevo a divagar durante el tiempo de la oración. Habiéndolo comunicado al hombre de Dios, el abad que él mismo había puesto en el monasterio, dijo: "Iré y le corregiré personalmente". Fue el hombre de Dios al monasterio, y cuando a la hora señalada, concluida ya la salmodia, los monjes se ocuparon en la oración, vio cómo un chiquillo negro arrastraba hacia fuera por el borde del vestido a aquel monje que no podía estar en oración. Entonces dijo secretamente a Pompeyano, el abad del monasterio, y al monje Mauro: "¿No veis quién es el que arrastra fuera a este monje?". "No", le respondieron. "Oremos, pues, para que también vosotros podáis ver a quién sigue este monje".


Después de haber orado dos días, Mauro lo vio, pero Pompeyano, el abad del monasterio, no pudo verlo. Al tercer día, concluida la oración, al salir del oratorio el hombre de Dios encontró a aquel monje fuera. Y para curar la ceguera de su corazón le golpeó con su bastón, y desde aquel día no volvió a sufrir más engaño alguno de aquel chiquillo negro y perseveró constante en la oración. Así, el antiguo enemigo, como si él mismo hubiera recibido el golpe, no se atrevió en adelante a esclavizar la imaginación de aquel monje.

Silencioso "Habla, Señor"
Ama desde el corazón ¿No oyes sus latidos?
Atento al interior, pues solo el corazón tiene ojos de amor para ver con claridad,
descubrirás que en cada hombre está Cristo




Por la intercesión de su oración resucitaban los muertos, libraba de demonios, hacía curaciones milagrosas, tenía el don de profecía, descubría el interior de los monjes, incluso sus faltas, todo con algún propósito de aprendizaje y meditación del Santo Evangelio. Incluso su hermana escolástica que vivía también según Dios, obraba milagros.

"En el monasterio todo ha de conducir al Cara a Cara con Dios.
A vivir en la hartura de deleite y de goces en su presencia.
A no desear más en esta tierra que su posesión
A encontrar en Él toda la felicidad.
A la sed de su amor, que es mejor que la vida.
A ver la luz en su Luz.
A buscar, cantando de alegría, el agua de las fuentes de la Salvación"




Escribió una Regla para monjes, notable por su discreción y clara en su lenguaje. El que quiera conocer con más detalle su vida y costumbres, podrá encontrar en las ordenaciones de esta Regla todo lo que enseñó con el ejemplo, pues el santo varón de ningún modo pudo enseñar otra cosa sino lo que había vivido.

Esta regla está en el corazón mismo del Evangelio.
La cumbre de la revelación consiste esencialmente en esto:

QUE DIOS ES PADRE, QUE ES AMOR,
Y QUE TODOS NOSOTROS SOMOS HERMANOS
Y QUE COMO TALES DEBEMOS AMARNOS LOS UNOS A LOS OTROS.


En el mismo año que había de salir de esta vida, anunció el día de su santísima muerte a algunos de los monjes que vivían con él y a otros que estaban lejos; a los que estaban presentes les recomendó que guardaran silencio de lo que habían oído y a los ausentes les indicó la señal que les daría cuando su alma saliera del cuerpo.

Se acaba el peregrinaje de mis años, se acerca mi fin.
Ahora estoy a punto de irme hacia la Patria celestial,
os dejo como testamento el mas grande de los tesoros que hay en el mundo:
La Paz de Cristo.
Pax


Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepultura. Pronto fue atacado por la fiebre y comenzó a fatigarse a causa de su violento ardor. Como la enfermedad se agravaba cada día más, al sexto día se hizo llevar por sus discípulos al oratorio, donde confortado para la salida de este mundo con la recepción del cuerpo y la sangre del Señor y apoyando sus débiles miembros en las manos de sus discípulos, permaneció de pie con las manos levantadas al cielo y exhaló el último suspiro, entre palabras de oración.
En el mismo año que había de salir de esta vida, anunció el día de su santísima muerte a algunos de los monjes que vivían con él y a otros que estaban lejos; a los que estaban presentes les recomendó que guardaran silencio de lo que habían oído y a los ausentes les indicó la señal que les daría cuando su alma saliera del cuerpo.


Se acaba el peregrinaje de mis años, se acerca mi fin.
Ahora estoy a punto de irme hacia la Patria celestial,
os dejo como testamento el mas grande de los tesoros que hay en el mundo:
La Paz de Cristo.
Pax

Seis días antes de su muerte mandó abrir su sepultura. Pronto fue atacado por la fiebre y comenzó a fatigarse a causa de su violento ardor. Como la enfermedad se agravaba cada día más, al sexto día se hizo llevar por sus discípulos al oratorio, donde confortado para la salida de este mundo con la recepción del cuerpo y la sangre del Señor y apoyando sus débiles miembros en las manos de sus discípulos, permaneció de pie con las manos levantadas al cielo y exhaló el último suspiro, entre palabras de oración.

Señor Jesús, es la hora del gran encuentro, de la verdaderamente Santa Comunión.
Del amor hasta el extremo.
Desde ahora como Tú, seré monje de verdad.
Plenamente, eternamente, siempre vivo, intercediendo por el mundo.
Hoy es el día en que me entregaste tu Cuerpo y tu Sangre.
Yo te ofrezco este mi pobre cuerpo de carne.

RECIBELO SEGÚN TU PROMESA Y VIVIRÉ.
QUE NO QUEDE FRUSTRADA MI ESPERANZA.
VEN SEÑOR JESÚS. AMÉN.


En el mismo día, dos de sus monjes, uno que vivía en el mismo monasterio y otro que estaba lejos de él tuvieron una misma e idéntica visión. Vieron en efecto un camino adornado de tapices y resplandeciente de innumerables lámparas, que en dirección a Oriente iba desde su monasterio al cielo. En la parte superior del camino, un hombre de aspecto venerable y lleno de luz les preguntó si sabían qué camino era el que estaban viendo. Al contestarle ellos que lo ignoraban, les dijo: "Éste es el camino por al cual el amado del Señor, Benito, ha subido al cielo". Así, pues, los presentes vieron la muerte del santo varón y los ausentes la conocieron por la señal que les había dado.
Fue sepultado en el oratorio de San Juan Bautista, que él mismo había edificado sobre el destruido altar de Apolo. Y tanto aquí como en la cueva de Subiaco, donde antes había habitado, brilla hasta el día de hoy por sus milagros, cuando lo merece la fe de quienes los piden.
Por eso, la misma Verdad, para acrecentar la fe de sus discípulos, les dijo: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Paráclito (Jn 16,7). Pero siendo así que el Espíritu Paráclito procede continuamente del Padre y del Hijo, ¿por qué dice el Hijo que debe retirarse para que venga el que no se aleja jamás de él? Pues porque los discípulos, viendo al Señor en la carne, tenían deseos de verle siempre con los ojos corporales. Por eso les dijo con razón: Si yo no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu Paráclito. Como si dijera abiertamente: "Si no sustraigo mi cuerpo a vuestras miradas, no puedo mostraros lo que es el amor del Espíritu; y si no dejáis de verme corporalmente, jamás aprenderéis a amarme espiritualmente".


Este es el camino por el que Benito, el amado del Señor,
pasó, y que nos ha dejado como lección.
Un camino que hoy se ha cruzado con el camino de nuestro mundo.




Sea cual fuera tu situación actual,
detente un momento hermano, tú has leído todo esto.
Detente para contemplar la vida, para ofrecer una sonrisa,
para alargar una mano, para amar de verdad,
detente y entra en la gratuidad del amor.




No pases de largo, también a ti Dios te ha hallado, el Dios de tu interior.
Detente, entra tu también en Adoración.
Conducido por el ritmo armonioso del silencio,
del recogimiento, de la paz, detente en la celda de tu corazón.




Detente y hazte tu también CONTEMPLATIVO en este mundo, no tengas miedo.
Detente y dobla rodilla con fervor…contigo, yo también la he doblado.



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